May 2, 2010 at 1:52pm
Olor a muerto destilado
Yace en el imparcial sendero, el cuerpo desprovisto de vida del individuo de rostro difuso, nacionalidad y pueblo imprecisos, otrora alegre y triste, guaroso, tirano y amable. Es el guerrero caído en batalla, el famélico africano, el indomable checheno, el ingenuo comunista ruso, el estudiante tutsi macheteado, el infante quemado, el inocente y culpable.
No hay distinción, en el oscuro e imparcial sendero, el individuo de rostro difuso, duerme sin respirar, descansa y sirve de festín a los gusanos. Vivió años, decenas, meses, contempló el alba, sirvió en el ejército, escapó de los tiros, alimentó a su familia, violó, robó, amó, hizo y deshizo, falleció.
A unos metros, el reportero, diplomático, turista, campesino, protector y sanguijela de los derechos humanos, contempla la escena dantesca, inhala el repugnante olor a muerto destilado. Le cuenta al pueblo, lo escribe en los diarios, lo presenta en los altos tribunales; el individuo nutrido y privilegiado lo escucha, se indigna, filosofa y arremete en contra de las injusticias, pregunta estúpidamente cómo es posible, come, va al trabaja y duerme, despierta y olvida.
En el imparcial sendero, el individuo de rostro difuso espera lo que no recibió en vida. Anhela lo que un muerto no puede, pide y exige justicia.
April 27, 2010 at 1:20am
Llamemósle amor
Desnudo en el desván, contemplo la precaria silueta de aquella hermosa niña de piel morena y mirada de hoguera. Suspiro y dilucido temor. Ella no cree, dejó de creer, perdió la fe. La hermosa niña de piel morena me mira. Me admira, me teme, me añora, me construye y me destruye. Me enaltece y me tira, grita internamente, se encoje, risueña y candente, feto desconcertado, aturdido y novato. La niña teme, me detesta y me ama, juega sin saber jugar y levanta la voz. La voz no se escucha, es muda, los oídos se agudizan y nada, nada llega.
Desnudo en el desván, la veo. La niña calla. La niña vive y olvida, despierta y se acuerda, grita y se queja, la niña llama. Me enciende, la niña es agreste, la niña pretende cultivar, esparce sus semillas y las abandona, olvida regarlas, las semillas mueren, la potencia no retoña, en potencia queda.
Desnudo en el desván, la imagino, recreo el futuro, la deseo, concentro las promesas incumplidas, sueños faustos, sueños de niños, tertulias nocturnas, madrugadas misteriosas, miedos compartidos.
Desnudo en el desván, la recuerdo y me recuerdo. Desnudo en el desván, la fabrico.
En cuarenta y nueve minutos será medianoche.
April 20, 2010 at 1:50am
El cuarto de las historias que nunca debieron de ser contadas
Los cuartos son los mejores historiadores. Los hay de proporciones gigantescas, otros son meros cubículos, espacios sin espacio apenas habitables. El cuarto de esta historia es nada más y nada menos que el cuarto de la multitud, la faceta oscura, alegre y enigmática del tiempo. El cuarto donde se lee esta historia es el cuarto de la intimidad, el profundo laberinto de la soledad.
Pregúntale al cuarto 89 de un motel qué ha visto. Tiéntalo a que debele sus secretos, a que escupa lo que le hierve en el estómago, que no calle, invítalo a cotillear, deja que te cuente de los gritos, de las penas, los sueños, deseos cotizados y faenas insaciables.
Acércate al cuarto del rey y cuestiónalo sobre su inquilino. Dirígete a él sin pena y sácale la verdad. Dile que no mienta, que hable del verdadero rey, del ser desempolvado, desnudo y despojado de la falsa realeza. Ordénale, “cuarto del rey, habla del niño que padece de grandeza”.
Adéntrate en la morada del vagabundo. Descubre la poligamia de su vida, el vínculo plural que lo une a más de un cuarto. Pregúntale a todos, dedícale unos minutos a cada uno y escucha lo que tienen que decir, que te cuenten de las noches de frío, de la hambruna y falta de cariño, del desamparo y la desidia.
Pídele permiso al cuarto de los amorosos, entra con cautela y disfruta de la escena. Sugiérele que te narre sus historias, que te explique qué es aquello, que inunde los segundos de horas y endulce la realidad. Pregúntale sin tapujos cuánto les ha durado el amor, exígele que no mienta, pídele que te diga la verdad.
Sube al patíbulo, siéntate en un rincón y observa. Guarda silencio, no te dirijas a él, siente la tristeza, percibe la hediondez, el estrecho camino hacia lo desconocido; no hables, observa y enmudece en el silencio, flota junto al desamparo y huye, corre lejos, aléjate de este inhóspito cuarto.
Visita el cuarto donde se lee esta historia, no le temas, explóralo, descúbrelo, confróntalo, apriétale las entrañas y obligalo a recordar, a vivir en sí y para sí.
March 6, 2010 at 7:22pm
Bendito sea el que no espera nada, porque nunca será defraudado
Algunas frases se transforman en proverbios por la sabiduría o perspicacia que guardan dentro de sí. ¿Quién no ha escuchado o leído una versión de la frase “Bendito sea el que no espera nada, porque nunca será defraudado”? La frase es el adagio, algunas veces mal aplicado, de los que se reservan a no esperar nada.
La frase ha sido popularizada y asignada por amplias a razones al famoso poeta inglés Alexander Pope. Otras fuentes apuntan a variantes que comienzan con “Blessed is he that expects nothing, etc.”. La frase a la que me remito proviene de una carta escrita en conjunto por Alexander Pope y John Gay digirida a Sir William Fortescue. En un fragmento Gay escribe,
One would think that my friends use me to disappointments, to try how many I could bear; If they do so, they are mistaken; for as I don’t expect much, I can never be much disappointed.
A lo que Alexander Pope complementa,
“Blessed is the man who expects nothing, for he shall never be disappointed,” was the ninth beatitude which a man of wit (…) added to the eighth;
Una narración más completa de esta anécdota se puede encontrar en el libro John Gay and the London Theatre.